Hola a todas,
cada diciembre, Netflix, Prime y compañía se llenan de mujeres blancas que heredan panaderías, se enamoran de leñadores con jersey de reno o descubren que su “amor verdadero” es un príncipe de un país inventado llamado Aldovia. Y aunque conocemos cada giro de la historia, cada beso bajo un árbol adornado con una perfección que nos pone automáticamente en modo Navidad, y cada renuncia profesional disfrazada de “seguir al corazón”, seguimos viéndolas. No por sorpresa, sino por algo más íntimo y más incómodo: necesitamos lo que prometen. O al menos eso creemos, desde el sofá de casa.