Navidad, nieve y heterofantasía

por qué seguimos viendo estas películas (aunque sepamos que son mentira).

Hola a todas,
cada diciembre, Netflix, Prime y compañía se llenan de mujeres blancas que heredan panaderías, se enamoran de leñadores con jersey de reno o descubren que su “amor verdadero” es un príncipe de un país inventado llamado Aldovia. Y aunque conocemos cada giro de la historia, cada beso bajo un árbol adornado con una perfección que nos pone automáticamente en modo Navidad, y cada renuncia profesional disfrazada de “seguir al corazón”, seguimos viéndolas. No por sorpresa, sino por algo más íntimo y más incómodo: necesitamos lo que prometen. O al menos eso creemos, desde el sofá de casa.

La Navidad en streaming no es un género tanto como un refugio emocional. Un paisaje narrativo acolchado donde la vida se simplifica, los conflictos se resuelven en catorce minutos y el mundo vuelve a parecer comprensible (algo que agradecemos con toda el alma).
Estas películas funcionan como una manta eléctrica para un corazón cansado: no nos exigen pensar, solo dejarnos llevar por una fantasía donde el amor es previsible y la bondad siempre gana (y qué bien sienta que esto siempre ocurra siempre).
En un año que nos ha pasado por encima, a veces ver a dos desconocidos decorar galletas es lo más parecido a un descanso.

Pero bajo esa caspa -perdón, capa- de nieve artificial, la mayoría de estas historias reproducen el mismo imaginario: mujeres blancas, delgadas, de clase media-alta; un amor completamente heterosexual; una vida profesional que solo sirve de obstáculo; y un mensaje implícito que se repite película tras película: tu lugar está en casa; tu felicidad depende de renunciar a lo que te hace singular. El amor encontrado en la estación del amor es un amor especial.
La Navidad romántica es, en el fondo, una máquina conservadora de nostalgia. Una fantasía que nos recuerda, suavemente, cuál debería ser el orden del mundo. Nos muestra una perfección heteronormativa de la que solo formamos parte durante la hora y media que dura la película.

Y aun así… las vemos. Con un placer culpable pero muy real. Porque lo que buscamos no es la trama (todas son la misma), ni los personajes (intercambiables), sino la promesa emocional que guardan dentro. Estas películas nos ofrecen algo que la vida real hace tiempo que dejó de garantizar: descanso. Un rato sin ambigüedades, sin cinismo, sin incertidumbre. Una pausa donde podemos imaginar que la vulnerabilidad es segura y que los vínculos no exigen tanto esfuerzo. Aunque sepamos, por supuesto, que nada de eso es real.

Por eso resulta tan revelador lo que ocurre cuando el amor navideño deja de ser heterobásico. Carol, de Todd Haynes, es el ejemplo más luminoso: un romance sáfico narrado con delicadeza, deseo y complejidad, donde la Navidad no es un decorado sino un clima emocional. Todo el brillo de los escaparates sirve para resaltar la imposibilidad del mundo en el que viven y, aun así, su amor se abre paso como una grieta en un cristal frío, imparable y peligroso.
A diferencia de las comedias navideñas tradicionales, aquí no hay renuncia a la identidad: hay riesgo, hay deseo, hay pérdidas asumidas.
Quizá sea injusto usar Carol como contraportada de un mismo producto, porque en realidad no lo es. Pero era inevitable mencionar la película que mejor ha representado lo que las Navidades significan para los márgenes: la renuncia, la familia escogida, el dolor mezclado con orgullo. El dolor por lo que se pierde y el orgullo de no perderse a una misma.

Corriendo un tupido velo, en los últimos años han empezado a aparecer películas que desplazan la fantasía hacia otros cuerpos y otras vidas: Happiest Season, Under the Christmas Tree, Season of Love. No son perfectas, pero muestran algo importante: que la Navidad no tiene por qué ser un remanso heteronormativo ni un altar a la maternidad obligatoria. Que también puede ser un espacio queer, torpe, luminoso o incluso liberador. Cuando estas narrativas existen, la nieve deja de ser el telón de fondo del sacrificio femenino y se convierte en un lugar donde el deseo puede respirar y es diverso.

Al final, lo que buscamos cada diciembre no es una historia concreta, sino un recordatorio. No de que el amor existe, sino de que merecemos un poco de calma. Que podemos desear una vida más sencilla sin sentir culpa. Que en algún lugar (aunque sea ficticio) hay alguien que nos mira con ternura. Que no estamos tan solas: es tiempo de paz y amor.
Pero hay algo más que apenas decimos: diciembre no es una fiesta para todo el mundo.
Para muchas personas, la Navidad no es un lugar cálido, sino una puerta abierta a viejos traumas. A la familia que no está. A la que nunca fue. A lo que se rompió y no se pudo recomponer.

Mientras las plataformas nos venden hogares luminosos y mesas infinitas donde nadie alza la voz ni guarda rencor, fuera de la pantalla millones de vidas atraviesan la parte más oscura del invierno: soledades que pesan, vínculos rotos, heridas antiguas que las luces navideñas solo hacen más visibles. La Navidad exige alegría como si fuera un deber, cuando para muchas es un tiempo de supervivencia emocional, de introspección.

Quizá por eso estas películas románticas funcionan como lo que son: fantasías temporales que nos permiten sostenernos un poco más. No nos hacen creer que la vida será así, pero sí nos dan unos minutos de tregua. Un paréntesis donde nada duele demasiado y todo parece más suave de lo que es.
Vemos estas películas porque, durante un rato, nos permiten imaginar un mundo donde alguien llega, te comprende sin pedirte explicaciones y te ofrece un lugar seguro en la tormenta. Aunque sepamos que no existe, la ficción lo sostiene por nosotras.

Y quizá ahí esté la verdad más importante: que no buscamos una Navidad perfecta, sino un respiro para prepararnos para un nuevo año que ambicionamos como mejor, nuestro año.
No buscamos un príncipe ni una panadería nevada, sino la posibilidad (aunque sea ficticia) de sentirnos acompañadas en un tiempo que, para muchas, es devastador.

Las comedias románticas navideñas son conservadoras, heterobásicas y repetitivas, sí.
Pero también son un refugio emocional en un invierno que a veces se nos hace demasiado largo.
Volvemos a ellas porque, en la vida real, muy pocas veces nos sentimos tan cuidadas como en la fantasía (mi lugar navideño son los Gremlins, pero eso ya es harina de otro costal).
Lauren Berlant llamó a esto optimismo cruel: el apego a una promesa que sabemos que no se cumplirá, pero que nos sostiene mientras tanto. Quizá estas películas no nos engañan: solo nos recuerdan cuánto necesitamos descanso, cuidado y ternura en un mundo que raramente los ofrece.
No vemos estas historias porque creamos en ellas, sino porque todavía no sabemos vivir sin la promesa de que, en algún lugar, alguien nos espere sin pedirnos que renunciemos a nosotras mismas.

P.D. Hay una película reciente que cambia ligeramente el foco de estas narrativas: Oh. What. Fun., protagonizada por Michelle Pfeiffer. Aquí no hay amor romántico como motor de la historia, sino algo mucho más cotidiano y mucho menos celebrado: las mujeres —especialmente las madres— que sostienen las Navidades.

El inicio de la película es especialmente lúcido: un repaso veloz por las comedias navideñas de siempre para señalar algo evidente y, aun así, sistemáticamente ignorado: los héroes suelen ser hombres, el foco narrativo siempre está en ellos, mientras todo el trabajo invisible lo hacen las mujeres. Cocinar, organizar, cuidar, mediar, sostener. Aquello que no se valora porque se da por hecho.

Quizá el verdadero giro no sea cambiar la historia de amor, sino atreverse a mirar, por fin, a quienes hacen posible la fiesta.


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Carla
Reinas y Repollos

Jessica Rcine, navidad, películas